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Muchas historias de éxito comenzaron con la autoedición,
¿por qué no das el primer paso y empiezas la tuya?

miércoles, 6 de abril de 2016

La primera vez lectora

Muchos lectores hablan con orgullo de que los libros les han acompañado desde que eran muy pequeños, de que les llamaban raros en el colegio por preferir quedarse leyendo en el recreo en lugar de bajar a jugar con sus compañeros o que más de una vez tuvo que arrastrarlos su madre fuera de la habitación para que fueran a cenar porque no se enteraban de que les llamaban al estar totalmente sumergidos en la lectura.



Cuenta la leyenda que estos últimos utilizaban muchas veces al día la frase: «Solo un capítulo más». Estas personas nacieron con una predisposición natural por esta forma de ocio, sin embargo, a mí me parecen mucho más bonitas las historias de aquellos que detestaban los libros, pero que, de pronto, cayeron enamorados de las páginas.



No me malinterpretéis. Con esto no quiero decir que la otra forma de comenzar a leer no sea buena, sino que los que experimentaron su primera vez literaria cuando eran más mayores nos pueden contar por qué surgió la tentación de perderse entre historias y cuál fue esa primera historia.

Yo, personalmente, me encuentro a caballo entre los dos grupos. Cuando era muy pequeño, me encantaba que mi abuela me leyese historias. Recuerdo que podíamos pasarnos muchas tardes de verano sentados en el sofá mientras ella leía en voz alta unos cuentos que estaban protagonizados por animales.

Una de las principales espinas clavadas de mi vida como lector es que nunca he sido capaz de acordarme de cómo se llamaban para poder volver a perderme entre sus letras y dibujos, aunque solo sea por recordar. Lo único que se me quedó grabado en la memoria son dos historias: en una enseñaban cómo se consigue la sal, y en otra el proceso de creación del vino.

Cuando esta época llegó a su fin —porque yo me sentía demasiado mayor para que mi abuela me leyese cuentos— dejé de lado la literatura. Pasaron siete u ocho años en los que a los únicos libros que me acercaba era a los que me mandaban en el colegio y en el instituto y, creedme, no lo hacía porque me apeteciese. Prefería salir a la calle, jugar a videojuegos o ponerme a ver una película.

Sin embargo, otro verano, mientras estaba en la misma casa en la que solía pasar esos ratos preciosos con mi abuela, me apeteció salir a pasear. El pueblo no era muy grande, así que recorrerlo de arriba abajo se hacía en cosa de una hora. Me lo conocía al dedillo: sabía dónde encontrar comida si tenía hambre, dónde podía comprarme alguna revista para matar el tiempo… pero nunca había sido consciente de que a dos calles de mi casa había una pequeña y vieja librería. 

Me detuve en su escaparate y contemplé los libros. Pasé la mirada de un lado a otro, observando sus portadas y cautivándome con sus títulos y, de entre todos ellos, hubo uno que hizo que entrase y me lo llevase. Pasé los siguientes dos días sin despegarme de esa historia. Devoré sus 600 hojas sin apenas darme cuenta. 

Desde entonces no he parado de leer. Esta es mi historia, pero ahora quiero conocer la tuya: ¿cómo empezaste a leer?

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