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lunes, 16 de febrero de 2015

Somos lo que comemos pero no lo que escribimos

Por Virginia Lancha, sígueme en Twitter

Madre mía: esto de que los lunes vengan en plan pedrea de lotería de Navidad, no es sano. A este paso me voy a morir de vieja el día menos pensado y todavía no he hecho ni la décima parte de cosas que tenía en la lista de la nevera.



Hablando de nevera, viernes tarde, en la cola del Ahorramás: se me acerca un jaco que no parece correr riesgo de deshidratación, aunque no beba mucha agua y con sonrisa acuosa me suelta lo siguiente:

"Si sabes tan bien como hueles dejas cojo al jamón de bellota" 
(Para enmarcar)

Y yo, claro está, me hago la rusa que no sabe decir en castellano más que LOEWE y le doy el chóped de lata a la cajera que entorna los ojos a lo “Anastasia siendo empotrada por Grey”.

No me gusta generalizar, pero mucho me temo que el poeta urbano no había leído A contrapelo ni de lejos, pero la anécdota me hizo pensar en aquellos que se dirigen a mí como si hablasen con Paula.

Y es que, amiguitos y amiguitas, somos lo que comemos pero no lo que escribimos. Es imposible enfrentarse a una entrevista, a un turno de preguntas, a un simple café con amigas y no escuchar la pregunta: ¿Cuánto de ti hay en tu personaje?

Yo siempre contesto que todo mi personaje es parte de mí porque yo lo he creado, lo que no quiere decir que refleje quién soy yo. Puedes dibujar una casa con todo lujo de detalles y nadie diría que eres tú. Lo mismo ocurre en el proceso creativo de dibujar un personaje: debes conocer todo de él, pero no eres tú (a no ser que tú quieras que lo sea).

El riesgo del lector de confundir al personaje que creas con tu propio sentir y/o personalidad, es alto. De hecho, son muchos los que olvidan que mi nombre es Virginia y no Paula. Ya quisiera yo tener el desparpajo y la libertad vital de mi personaje y en ocasiones ese “hijoputismo” emanado que tan bien viene en según qué casos, pero no; yo he creado a Paula y me he metido hasta en las costuras de sus bragas para saber, no solo como piensa y respira, si no cual es su olor más profundo (bragas, olor, esto no puede acabar bien); pero no soy yo la kamikaze existencial que se come al universo en cada paso, esa es Paula: yo, como mucho, me cuelo en la cola de la pescadería y no pido perdón.

Consejo serio: Un buen personaje llena una obra, puede conducir una trama en los momentos que flojea y conseguirá que los lectores se sientan más identificados con tu obra. Los personajes que no conocemos en profundidad y que hemos construido sin mucha atención, son pegatinas del Bollicao y se despegan rápidamente de la memoria del lector. Es como en las casas, un buen barrido siempre gana a un mal “fregao”. Pues eso, parid a vuestros personajes sabiendo a que les huele el sobaco y si saben tan bien como huelen… (Ay no, ya estoy plagiando).

Somos lo que comemos. No somos los personajes que escribimos. Nuestros personajes son libres hasta donde nosotros queremos: como mola esto de tener el poder, ¿no?

Y mientras tanto recodad: QUE NO SE OS OLVIDE RESPIRAR.

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