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martes, 27 de agosto de 2013

Los trucos de los grandes escritores: Arturo Pérez Reverte

Arturo Pérez Reverte Gutiérrez nació en Cartagena, Murcia, el 25 de noviembre de 1951. Periodista de profesión y escritor por vocación y convicción es miembro de la Real Academia Española desde 2003. Antiguo corresponsal de RTVE y reportero destacado en diversos conflictos armados y guerras, es el autor de la saga “Las aventuras del Capitán Alatriste”.

Licenciado en Periodismo, ejerció como reportero de guerra durante 21 años (1973-1994). Sus primeros pasos los dio en el diario Pueblo, donde permaneció 12 años. En 1977, paralelamente a este trabajo, y junto a su compañero Vicente Talón, fundó la revista Defensa, que vio la luz en los quioscos en abril de 1978, y de la que fue redactor jefe hasta que sus compromisos como corresponsal lo obligaron a dejar la editorial. Tras la desaparición de Pueblo pasó a Televisión Española (TVE), donde ejercería durante otros nueve años hasta 1994. A principios de los años 90 presentó en RNE “La ley de la calle”, un programa de radio, en horario nocturno, en el que se daba cabida a numerosos personajes de diversos ámbitos, la mayoría de las veces marginales, y que fue clausurado por Jordi García Candau, director de RTVE. Fue presentador, en 1993, del programa "Código Uno", sobre la actualidad de la crónica negra, en Televisión Española, programa del que renegó públicamente y abandonó por considerar que contenía "basura".



Después de haber hecho esas declaraciones en noviembre de 1993, en Pamplona, y de volver a ejercer como reportero de guerra, Pérez-Reverte presentó su dimisión a TVE, en abril de 1994, al enterarse de que se le pretendía "abrir expediente por justificar gastos en zonas de guerra con facturas falsas", acusación basada en unas líneas de su novela Territorio comanche. En su dura carta al director de TVE, Ramón Colom, Pérez-Reverte lo invita a leer el libro "con detalle" para comprobar que no hay base para el expediente, y dice tener la impresión de que este, al que considera "una majadería", está inspirado por gente que "actúa con mala fe y pretende tomarse la revancha por una alusiones que no le gustan". La carta de renuncia terminaba así: "Que os den morcilla, Ramón. A ti y a Jordi García Candau”.

Tal como expuso en Territorio comanche, se despidió asqueado debido a la falta de medios y por la politización de la televisión. Como corresponsal de guerra, había cubierto conflictos armados en Chipre, Líbano, Eritrea, el Sáhara, las Malvinas, el Salvador, Nicaragua, Chad, Libia, Sudán, Mozambique, el Golfo Pérsico, Croacia, Bosnia, etc… Aunque de todas ellas, la Guerra de Eritrea de 1977 le marcó especialmente (la cita en varias ocasiones en sus artículos y en su novela Territorio comanche). En ese conflicto estuvo desaparecido varios meses y consiguió sobrevivir a duras penas gracias a sus amigos de la guerrilla; en esa ocasión, aunque no da detalles sobre el hecho, dice que hubo de defender su vida con las armas. Con su sonada dimisión en 1994 abandonó su trabajo de periodista y se dedicó en exclusiva a la literatura.

Guste o no este escritor, su particular modo de encarar la vida y la literatura (que para él es lo mismo) es necesario analizar sus trucos para convertirse en un gran escritor. Los mostró hace tiempo en un artículo publicado en El Semanal que hoy compartimos:

"Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pensaba en ti mientras tecleaba el artículo de la semana pasada. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

  1. Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso.

  2. No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.

  3. Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

  4. Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando."

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