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lunes, 26 de diciembre de 2011

Huida

Huida

Soy mayor, pero no tanto para estar aquí postrada, en una vieja cama de hospital, en un catre triste esperando mi eterno descansar. Cómo se tornó todo así, en qué parte de mi vida perdí el control y me vi avocada a esta desgracia, a este infierno. Recuerdo cómo comencé a mis dieciséis primaveras, la búsqueda de lo prohibido, un cigarrillo en el parque, un litro de calimocho, una lata de cerveza, mi primer canuto entre los matorrales, sentada en el borde del banco, a espaldas de cualquier atisbo de peligro. Mi madre me castigó, en el primer viaje de placer arrepentido, subí borracha, me abofeteo y me encerró en casa, allí perdí su respeto, mi dignidad se fue por el sumidero del lavabo, al igual que mis detritos después del mal cuerpo. Recuerdo vagamente esos días difíciles, esa lucha por encontrar mi personalidad, ese pulso con mis progenitores en busca de mi libertad ficticia, una forma de rebelión, una búsqueda de la felicidad. Con el tiempo todo paso, encontré el amor, el más malo y más irresistible del instituto. Sus pendientes y sus tatuajes me perdieron, era la reina, el mundo se habría paso ante mi, por fin todo cobraba sentido, nada me podía parar, la búsqueda tocaba a su término.
 
 Después una boda, una hipoteca, una vida gris. Mi esposo trabajaba mucho, ganaba poco, venía tarde a casa, borracho y enfadado con el mundo lo pagaba conmigo, primero gritos, después castigos, al final lo inevitable. La primera vez que me puso la mano encima, creí ser culpable de ello, merecía el golpe, él me redimía con un castigo. Luego golpe a golpe entendí qué eso no era amor. Qué alguien que te ama no te destruye. Por fin tuve el valor de marchar, escape ante esa tortura, mis padres no lo entendieron, me negaron su apoyo, pero tome aire y escape, una huida hacia delante una huida en busca de la felicidad perdida.

Cuando creí estar salvada comencé a salir, a relacionarme con el mundo exterior, inicie una nueva existencia, juré que nadie me pondría una mano encima, cambie de mujer maltratada a mujer fatal. Empecé a frecuentar la noche, mis juergas llenaron mi vida y descubrí la ginebra. Al principio era una revelación, un viaje al placer, mi mente se llenaba de alcohol y todos los problemas se desvanecían. Inicie un ciclo mágico, todos los días a la misma hora empezaba el viaje. Bauticé los días de la semana con una marca de ginebra y con abnegación lo llevaba hasta el fin. Los lunes era el día Bombay, los martes cambiaba a Hendris, los miércoles me decantaba por una Gim francesa llena de glamour; Citadelle Reserve. Los jueves subía el nivel con un viaje a California y el trago era Junipero. Los viernes London me acompañaba en mis ensoñaciones, el sábado era especial y me dejaba mecer por los efluvios de un clásico; Tanqueray. Para finalizar la semana, el domingo me acunaba Brockmans, una ginebra artesanal inglesa que en combinación de una buena tónica me desplazaba al placer absoluto, al tercer milenio. Claro está, qué este tipo de vida no me podía conducir a nada bueno. A decir verdad mis problemas desaparecieron o eso creía yo. Estar en un sueño perpetuo, estar etílica todo el día era una fuente de placer, cruzar al lado oscuro de mi personalidad, era descubrir qué nada importaba demasiado. Lo malo, es que empezaron las resacas, empecé a no saber quién era ni en que día vivía; si en Junipero o en London, todo era igual. Las resacas eran insoportables y cada semana empezaba a beber antes, después de tres meses borracha, en estado de ensoñación perpetua, tomaba la ginebra nada más despertar de una noche de farra, el camino a la destrucción era evidente, todo se desvanecía, sentía un mareo intenso, unas terribles ganas de vomitar, el cuerpo se revelaba ante el uso indebido. Mi mundo se rompió en mil pedazos, todo se resumía a salir, buscar un hombre que me sufragara las copas, un caballero que a cambio de mi cuerpo tuviera la gentileza de pagar mi viaje a la destrucción. No recuerdo como acabe en el hospital, no veo la respuesta a mi estado, simplemente desperté en esta cárcel blanca, atada a la cama con unas correas propias de los animales. Sola y demacrada, en un mundo que no me quiere y en un universo que confabula para mi eterna destrucción. Todo lo que creía, todo lo que necesitaba está lejos en un bar de la quinta avenida. Los sudores fríos me paralizan el cuerpo, la dependencia del liquido embriagador es evidente, mi carácter se disuelve cual azucarillo, la espera tensa me vuelve loca, el viaje toca a su término, mi vida, sin una copa en la mano, no tiene ningún sentido, mi existencia llama a su fin. En estos momentos de calma, un momento de lucidez y en espera que el doctor me diga por qué estoy aquí, solo puedo pensar en un trago, mi cuerpo solo pide algo que beber, vuelven los mareos, el estomago se rebela, vuelven las ganas de vomitar, una llamada de auxilio que emite mi ser más profundo. Mi lastimable aspecto no es óbice para que siga necesitando ese líquido del averno, una copa reparadora, para poder pasar la siguiente hora.

Por fin el medico se acerca a mi cama, me mira, viene con una carpeta, esa mirada desprende pena y aberración hacia mi persona, me vuelve a mirar y me dice qué si soy consciente, qué si entiendo sus palabras; estúpido claro que te entiendo tráeme una puta copa, y suelta ya de una vez las malas noticias, mi hígado se queja, el estomago cruje, los mareos siguen de visita, no recuerdo la última vez que le di algo de comer. Habla ya majadero, dime el fatal desenlace que me llevará a una caja de pino. Por fin el doctor me mira a los ojos, abre la boca y suelta las temibles palabras:

Esta usted en estado de buena esperanza, esta embarazada, ¿comprende lo qué estoy diciendo?.
 

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